La presa de la castora trabajadora
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Junto al río, el gato Rusty oyó un ruido raro. Ñac, ñac, ñac. ¡Y luego un gran chapuzón! Se acercó sigilosamente entre la hierba alta para ver qué pasaba.
Allí había una castora, con la cola plana y unos dientes grandes y naranjas, royendo un árbol delgado. —Hola —dijo Rusty—. ¿Qué haces? —Construyo una presa —dijo la castora—. Soy Bertha. ¿Quieres mirar?
Rusty se sentó en una piedra. Bertha royó el arbolito hasta que se cayó, y luego lo arrastró hasta el agua. Nadó con él hasta un montón de palos y ramas en medio del río y lo empujó hasta dejarlo en su sitio.
—¿Para qué construyes una presa? —preguntó Rusty. —Para hacer un estanque —dijo Bertha—. La presa frena el río, y el agua se extiende y forma un estanque bonito y profundo. Luego construyo mi casa, que se llama madriguera, en medio, donde estoy a salvo y calentita.
Le enseñó a Rusty cómo metía barro entre los palos para que la presa fuera fuerte. Usaba las patas delanteras como manitas. Aplastaba el barro con su cola plana. ¡Plas, plas!
Durante las semanas siguientes, Rusty fue a verla todos los días. La presa se hizo más grande. El agua subió detrás. Pronto hubo un estanque precioso donde los patos venían a nadar, las ranas cantaban y las libélulas pasaban zumbando sobre el agua.
—Has hecho una casa para un montón de animales —dijo Rusty, asombrado. —Eso es lo mejor —dijo Bertha con orgullo—. Cuando yo construyo mi casa, todos tienen casa.
Rusty se sentó en la orilla del estanque a mirar cómo pasaban nadando los patitos. Los pájaros cantaban entre los juncos. Soltó un ronroneo feliz. Bertha era la constructora más trabajadora y más lista que había conocido nunca.
Fin 🐾
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