El gato de nieve con orejas de lado
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Cuando cayó la primera nieve, Fuzz apretó tanto la nariz contra la ventana que su lengua dejó una marquita en el cristal. —¡Cola! ¡Está nevando!
Salieron corriendo. La nieve era blandita y crujía bajo sus patas. Las patas oscuras de Cola dejaban huellas pequeñas y ordenadas. Las de Fuzz dejaban huellas desordenadas en zigzag, porque estaba demasiado emocionado para andar en línea recta.
—Vamos a hacer un gato de nieve —dijo Cola. Hicieron rodar una bola grande para el cuerpo. Hicieron rodar otra más pequeña para la cabeza. Luego le pusieron dos orejas a palmaditas.
—Que salgan hacia los lados —dijo Fuzz—. ¡Como las mías! —Así que Cola hizo dos orejas grandes que apuntaban a izquierda y derecha. Fuzz le añadió una lengüecita de nieve que asomaba. —Perfecto —dijo.
Cola encontró dos piedrecitas azules para los ojos, iguales que los suyos. Luego usó una ramita para dibujarle pestañas diminutas. —Ahora se parece a los dos —se rio.
Fuzz se quitó el collar rojo y se lo puso al gato de nieve en el cuello. El cascabel hizo tilín en el aire frío. Una ráfaga de viento le echó al gato de nieve un poco de nieve en la cabeza, como un sombrerito.
—¿Cómo lo llamamos? —preguntó Cola. Fuzz lo pensó. —Fuzzcola —dijo. —Colafuzz —dijo Cola. Se rieron y al final lo llamaron Nevadito.
Cuando se les quedaron las patas demasiado frías, entraron en casa, recuperaron el collar y se acurrucaron junto al radiador. A través de la ventana, Nevadito les sonreía con sus orejas de lado, y ellos le contestaron ronroneando.
Fin 🐾
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