El concierto del estanque de las ranas
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Todas las tardes de verano, cuando se ponía el sol, las ranas del estanque de los Nenúfares daban un concierto. Y todas las tardes, la gata Maple tenía el mejor asiento de la sala: una piedra plana y calentita en la orilla del agua.
Primero llegaba la gran rana toro, que cantaba las notas graves: «Brrrum, brrrum». Luego se unían las ranitas verdes de árbol con las notas agudas: «Pip, pip, pip». Y luego las ranas medianas añadían «Croac, croac» justo en medio.
Maple movía la cola al ritmo de la música. Los grillos tocaban sus violines en la hierba, y una brisa suave hacía susurrar los juncos como un aplauso bajito.
Una tarde, una ranita diminuta estaba sentada sola en una hoja de nenúfar, con cara triste. —¿Qué te pasa? —le preguntó Maple. —No sé cantar como las demás —dijo la ranita—. Mi voz es demasiado pequeña y chillona.
Maple lo pensó un momento. —Todo concierto necesita un sonido especial —dijo—. Prueba a cantar al final del todo, cuando todas las demás estén calladas.
Así que esa noche, cuando terminó la gran canción y el estanque se quedó en silencio, la ranita respiró hondo y cantó: «¡Pip!». Fue pequeño y brillante, como una estrella que aparece en el cielo.
Todas las ranas se volvieron a mirar. Entonces la rana toro dijo: —¡Brrrum! ¡Perfecto! —Y todo el estanque lo celebró con un gran chapuzón. Desde entonces, todos los conciertos terminaban con el «¡Pip!» de la ranita.
Maple ronroneó sobre su piedra calentita mientras salían las estrellas. El concierto había terminado, pero el estanque seguía tarareando feliz, hasta bien entrada la noche.
Fin 🐾
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