El roble y la bellota
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Al fondo del jardín había un roble enorme. Era tan viejo y tan alto que sus ramas parecían tocar las nubes. A la gata Canela le encantaba echarse la siesta a su sombra.
Un día de otoño, una bellota cayó de una rama alta y le rebotó justo en la cabeza a Canela. ¡Toc! —Ay —dijo, frotándose la oreja. Luego miró la bellotita. Tenía un sombrerito diminuto, como una gorra.
—¿Sabías —susurró el roble, con una voz grave y lenta que sonaba como el viento— que yo una vez fui una bellota igualita que esa?
A Canela se le pusieron los ojos redondos. —¿Eras así de pequeño? —Más pequeño —dijo el roble—. Una ardilla me enterró hace muchísimo tiempo y se olvidó de dónde me había puesto. Luego llegó la lluvia, y el sol, y empecé a crecer.
—¿Y cuánto tardaste en hacerte tan grande? —preguntó Canela. —Oh, unos cien años —dijo el roble—. Los árboles son muy pacientes.
Justo entonces, una ardilla bajó correteando por el tronco, cogió la bellota y salió disparada a enterrarla en el parterre. —A lo mejor esa también se convierte en un árbol —dijo Canela.
—A lo mejor —dijo el roble—. Y dentro de cien años, quizá otra gata se eche la siesta a su sombra. —A Canela le gustó muchísimo esa idea.
Se acurrucó entre las grandes raíces del roble, que tenían forma de sillón cómodo. Los pájaros cantaban en las ramas, y el viejo árbol tarareó una nana lenta y llena de hojas hasta que Canela se quedó dormida.
Fin 🐾
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