Fuzz y la mariquita
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Una mañana de sol, Fuzz estaba tumbado en el jardín con la lengua fuera, como siempre, cuando algo diminuto y rojo se posó justo en la puntita.
Fuzz se puso bizco intentando verlo. —Cola —dijo, sin mover la lengua, y le salió algo como «Coya»—. Ay awgo en mi yengua.
Cola se acercó trotando y miró de cerca con sus ojos azules. —Es una mariquita —dijo—. Roja, con siete puntos negros. No te muevas. Eres su pista de aterrizaje.
La mariquita caminó despacito por la lengua de Fuzz, subió por su nariz y pasó entre sus ojos. Le hacía tantas cosquillas que se le menearon sus grandes orejas de lado. Intentó con todas sus fuerzas no estornudar.
—Las mariquitas son buenas para los jardines —dijo Cola—. Se comen los bichitos que mordisquean las plantas. A los jardineros les encantan. —Fuzz se sintió orgulloso. Una ayudante del jardín lo había elegido a él.
La mariquita llegó a lo alto de su cabeza y se sentó entre sus orejas, abriendo y cerrando su caparazón rojo y brillante. Debajo tenía unas alas finas y transparentes.
Entonces llegó una brisa. La mariquita abrió las alas y voló hacia arriba, arriba, arriba, por encima de las flores, hasta que no fue más que un puntito rojo en el cielo azul. Los pájaros cantaron como si le dijeran adiós.
Por fin, Fuzz soltó el estornudo gigante que estaba aguantando. —¡ACHÍS! —Su cascabel tintineó como loco. Cola se rio tanto que se cayó en la hierba. —Has sido una pista de aterrizaje estupenda —dijo entre risas.
Fin 🐾
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