El misterio del huerto de calabazas
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En el huerto de calabazas detrás de la granja, Ginger, la gata de la granja, tenía un misterio que resolver. Cada mañana, una de las calabazas tenía un agujerito redondo.
«¿Quién estará mordisqueando las calabazas?», se preguntó Ginger. Puso su mejor cara de pensar y empezó a investigar.
Olfateó la primera calabaza. Olía a tierra y a semillas. Luego encontró unas huellas diminutas en el barro, mucho más pequeñas que sus propias patas. —Interesante —dijo.
Esa noche, Ginger se escondió detrás de una gran calabaza naranja y esperó. Salió la luna. Ululó un búho. A Ginger se le empezaban a cerrar los ojos... cuando de pronto oyó un crujidito.
Se asomó. Allí, junto a la calabaza más pequeña, había una familia de ratones de campo. La mamá ratona sacaba las semillas con una cuchara hecha de hoja, y los ratoncitos se las llevaban en cazuelitas de bellota.
—Perdonad —dijo Ginger con suavidad. Los ratones se quedaron helados. —Por favor, no te enfades —chilló la mamá—. Se acerca el invierno, y las semillas de calabaza nos dan de comer hasta la primavera.
Ginger pensó en el invierno largo y frío. Luego sonrió. —El granjero tiene más calabazas de las que necesita —dijo—. Dejad que os ayude. —Y juntos hicieron rodar la calabaza más pequeña, la graciosa llena de bultos, hasta la madriguera de los ratones.
La noche de la fiesta de la cosecha, los hijos del granjero tallaron una cara sonriente en la calabaza más grande. Y bajo tierra, una familia de ratones tenía su propia despensa de calabaza. —Miau —dijo Ginger para darles las buenas noches, y los ratones le dieron las gracias con chillidos.
Fin 🐾
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